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Más de 14 millones de personas, según los datos oficiales del Ministerio de Sanidad, padecen algún tipo de alergia en España, un número que, según prevén los expertos, irá en aumento durante los próximos años debido, fundamentalmente, a los efectos del cambio climático y su impacto sobre la salud de las personas.

Según esos mismos datos, más del 60% de las enfermedades alérgicas afectan a las vías respiratorias y más de seis millones de personas padecen de rinitis alérgica y más de tres millones de españoles tienen asma.

Además, los cuadros alérgicos presentan una gran temporalidad, agravándose en primavera debido a la germinación del polen y teniendo un repunte en otoño por la bajada de temperatura y las lluvias. La humedad es uno de los factores de riesgo más importante en el cuadro de síntomas alérgicos. En primer lugar, porque las humedades son una de las condiciones necesarias para la proliferación de organismos que agravan las alergias, como son ácaros, hongos y moho.

De hecho, las alergias más comunes son, por este orden, al polen de las plantas, a los ácaros del polvo y a los epitelios de los animales. Todos ellos, encabezando una clasificación en los que los alérgicos a algún tipo de alimento también van creciendo diariamente.

Los síntomas más habituales para las alergias más comunes se resumen en picor en la piel o urticaria, picor en los ojos, estornudos o nariz que gotea, tos y picor en la garganta y silbidos en el pecho.

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La confianza de los pacientes-clientes con su farmacéutico

Como ocurre con tantas otras enfermedades, los profesionales farmacéuticos son, en muchos casos, los primeros actores del sistema sanitario en conocer las molestias de sus pacientes y, por lo tanto, en dar consejo a los mismos para tratar su problema.

En este sentido, es muy importante destacar la importancia de conocer bien al paciente que presenta un cuadro alérgico, algo en lo que, por motivos que ya hemos comentado en este blog en muchas ocasiones, el farmacéutico parte con una gran ventaja sobre cualquier otro profesional sanitario.

Así, a la hora de tratar al paciente alérgico, se deben tener en cuenta sus síntomas para evitar confundirlos con otra posible patología, problemas de interacción con medicamentos y la frecuencia de los síntomas: esporádicos o crónicos.

Por todo ello, como ya hemos dicho, la farmacia puede asumir un rol importante para prevenir casos de alergia mediante la educación sanitaria con campañas o divulgación de medidas higiénico-sanitarias. Además, el farmacéutico puede indicar el tratamiento más adecuado que no requiera receta médica o, dado el caso, derivar a otro profesional sanitario.

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Ahora que, poco a poco, se acerca el principio del otoño y, con él, ese previsible repunte de la sintomatología alérgica más pronunciada, es importante recordar algunos de los consejos en que insiste la Sociedad Española de Inmunología Clínica, Alergología y Asma (SEICAP) para evitar o minimizar las reacciones alérgicas y que nosotros, los farmacéuticos, también podemos trasladar a nuestros pacientes.

La SEICAP recuerda que la humedad es uno de los factores a tener en cuenta para no agravar los casos de alergia. Hay determinados organismos, como ácaros, hongos o moho, que proliferan en ambientes húmedos, un ecosistema que también agrava las enfermedades respiratorias. Por este motivo se recomienda:

  • Informarse de los niveles ambientales de polen y contaminación.
  • No exponerse a ambientes húmedos, propiciando así los espacios cálidos y secos.
  • En casos de alergia al polen, mantener las ventanas cerradas por la noche.
  • No colgar la ropa al aire libre y descalzarse en casa, ya que los ácaros o el polen se pueden acumular en las prendas.
  • Evitar hacer ejercicio físico al aire libre de forma intensa.
  • Incorporar alimentos ricos en vitamina C y flavonoides, ya que tienen un potencial antiinflamatorio.
  • Seguir un tratamiento farmacológico según las indicaciones del médico y/o farmacéutico.

Además, en la farmacia se pueden encontrar diversos productos y medicamentos para lidiar con las alergias. Algunos de ellos no requieren prescripción médica como pueden ser el agua de mar, los antihistamínicos, los colirios, los vasoconstrictores o los espráis nasales anticongestivos.